Sala de alambiques
El corazón originario de la destilación en Rute
Esta sala conserva uno de los tesoros más valiosos del Museo del Anís: los alambiques originales utilizados para la destilación a comienzos del siglo XX. Son piezas únicas que representan el saber hacer de varias generaciones de artesanos del cobre, y que explican por qué el Anís de Rute obtuvo del Parlamento Europeo la denominación geográfica protegida.
La sala alberga dos alambiques independientes, ambos de cobre martilleado:
El de la izquierda, obra del maestro artesano ruteño D. Antonio Casas Oliva, fue construido en el siglo XIX y formó parte de las primeras producciones de la destilería.
El de la derecha, incorporado posteriormente, fue realizado por su hijo D. Francisco Casas Cruz a mediados del siglo XX, junto con la mayor parte del utillaje en cobre que aún se conserva.
El diseño de estos alambiques —con sus formas particulares, su caldera generosa y su columna de vaporización— es una de las claves diferenciales del anís ruteño respecto a cualquier otro del mundo. En estas obras maestras se recoge el secreto de una técnica destiladora centenaria, perfeccionada desde el siglo XVII.
A día de hoy, ambos alambiques se conservan en perfecto estado y mantienen una capacidad aproximada de 40 arrobas por caldera (unos 650 litros). El proceso sigue siendo fiel al método ancestral: alcohol de 96º, semilla de matalahúga (anís en grano) y agua pura, calentados lentamente con leña de olivo. Mediante una doble destilación —separando cuidadosamente cabezas y colas— se obtiene el anisado extra seco de 55º que distingue a Rute desde hace siglos.
En esta misma sala se expone una vitrina histórica dedicada a los orígenes de la destilería, fundada en 1908 y consagrada a figuras como el periodista D. Abelardo Arias “El Duende de la Colegiata” y Su Majestad la Reina Victoria Eugenia de Battenberg, consorte de Alfonso XIII.
La evolución del sector, la desaparición de los antiguos aguardientes vínicos y la transformación de los círculos literarios dieron paso a un nuevo “Duende”, que siguió vivo en el imaginario ruteño hasta consolidarse como marca. En los años 40 se incorporó la firma del célebre torero mexicano Carlos Arruza, símbolo de una nueva etapa.
Posteriormente, D. Anselmo Córdoba Barrera, continuador del legado familiar, amplió las dependencias y diversificó la producción con una amplia gama de licores, cremas y productos artesanales que llevarían el nombre de Rute mucho más allá de sus fronteras.
Hoy, esta sala no es solo un espacio expositivo: es la memoria viva del oficio destilador, el lugar donde comenzó todo y donde aún se respira el aroma cálido del anís que ha marcado la historia de un pueblo entero.